Los Mexicanos a finales del siglo XX


 LOS MEXICANOS A FINES DE SIGLO XX:
¿SOMOS OCCIDENTALES?

Discurso leído por Guillermo Tovar y de Teresa, ante la fundación México Unido.

 

 

Guillermo Tovar y de Teresa

Guillermo Tovar y de Teresa

 

Desde la restauración de la república hasta nuestros días, los tres proyectos que han intentado redefinir al país liberal, positivista y revolucionario, son modalidades de un mismo propósito: la modernización entendida como occidentalización y vanguardia, negadora, al mismo tiempo de lo que hemos sido y de lo que todavía somos. En casi dos siglos de vida independiente, a fines del siglo XX, seguimos obsesionados con ser occidentales y modernos. Ni somos tan occidentales ni tan modernos. Pero lo más grave, ni tan creativos ni tan propositivos desde nuestra realidad. El mundo indígena, por aislado, fue absolutamente original, ni oriental ni occidental; el novohispano fue sincretista, adoptador pero adaptador, selectivo e integrador, combinador y recreativo. Sin embargo el moderno mexicano, desde la independencia hasta nuestros días, insisto, ha resultado imitador y comparativo, destructivo y deformador de nuestra tradición y esencialmente estéril, salvo en periodos como el inmediato a la Revolución y en algunos aspectos del contemporáneo, que produce expectativas tan entusiastas como amenazantes para los enemigos del cambio.

Hay necesidad de ser modernos y occidentales, pero jamás lo lograremos pensando que el cambio viene de fuera y no de dentro, que debemos aspirar a modelos que no corresponden con nuestra realidad. Sobre todo, si creemos que las inversiones, que la tecnología y la administración, como formas de intentar la modernización material, no deben encontrar un equilibrio con el impulso de las manifestaciones del espíritu como son la crítica de nuestra realidad histórica y la sensibilidad para aprovechar las orientaciones que ofrecen las distintas manifestaciones de nuestra cultura, equilibrio con las expresiones de esa conciencia lúcida del espíritu mexicano.
Mientras no exista ese equilibrio entre la modernización material y la intemporalidad espiritual, entendida esta última como la liberación de impulsos creativos en todos los niveles sociales, seguiremos fracasando en el intento de ser modernos y occidentales. 
Si no somos totalmente occidentales y lo ignoramos porque no conocemos a fondo la otra cara de lo que realmente somos y contagiados de materialismo e insensibilidad, a esa condición de nuestro ser le atribuimos un lugar secundario en el proyecto nacional, seguiremos siendo víctimas del retraso y de la dependencia, características de los países subdesarrollados. Lo primero, porque cuando imaginamos que el cambio viene de fuera, esto quita autonomía en favor de la dependencia; lo segundo, por tratarse de un modelo que, cuando se alcanza ya se transformó en otra cosa, causa por lo cual siempre hemos estado condenados al retraso. Ejemplo de ello son las modas, que proponen que todo se vuelva reemplazable, hasta lo intemporal, en favor de un consumo  insensato y banal.

Se puede ser mexicano y universal, pero el peor camino es la imitación, teniendo por fatal consejera la comparación, medida del idiota, inhibidora de la creatividad que sólo provoca complejos de inferioridad. Si no somos plenamente occidentales lo debemos de aceptar y tomarlo como nuevo punto de partida, aprovecharlo en nuestro beneficio, y no sólo en contra, como hasta ahora parece haber sucedido. Con ello podríamos lograr autonomía y actualidad, en vez de dependencia y retraso causados por afanes imitadores y comparativos, enemigos de la crítica y del espíritu.

Debemos perder el miedo al exterior, hacer a un lado xenofobias y misoneísmos. Debemos armarnos de originalidad, de propuestas y de la posibilidad de crear nuestras propias novedades, al mismo tiempo de adoptar y adaptar las que vienen de fuera, evitando que nos deformen y nos distorsionen. La conciencia de nuestro espíritu debe ser la brújula que nos oriente, no las banalidades de la moda y las consignas del consumo.

México debe incorporarse al mundo moderno sin perder su autenticidad, la cual puede ofrecerse como el mayor atractivo a la comunidad internacional, que se maravilla con la originalidad que aún queda en nuestro país y que desprecia profundamente a los mexicanos con pretensiones de ser más occidentales que los occidentales. La fortaleza de México debe hallarse en sus valores, en la bondad de su pueblo, en la belleza de su medio natural y su cultura y en la verdad de su ser, de su historia y su sentido crítico; fortaleza que ya no puede ni debe continuar sostenida en la iluminación nerviosa de un discurso político e ideológico, a fin de cuentas, desorientado y aburrido, ni en la ceguera bana de quienes niegan nuestra esencia en favor de imitar una actualidad ajena tan cambiante como susceptible de ser juzgada y valorada.

Sería una pena que México se modernizara y se integrara a occidente a costa de perder su naturaleza y su creatividad. Nuestra actual pobreza puede ser una ventaja para evitarlo, retrasando redefiniciones de un México que, ignorante de su autenticidad, originalidad y falta de occidentalidad, características tan aprovechables, se convierta en algo que no corresponda a su destino ni a su grandeza. La herencia espiritual de Luis Donaldo Colosio y Diana Laura Riojas nos remite a un México conciliado consigo mismo, a la esperanza de un cambio congruente con nuestro ser y nuestra historia, a la idea de todos aquellos que amamos a nuestra patria, tal como esperamos que siga siendo siempre: fiel a sí misma, intemporal en lo bueno, lo verdadero y lo bello.

 

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