Retratos de una época mejor, Tamara de Lempicka


Jueves, 5 diciembre, 2013

Retratos de una época mejor

Diego de Ybarra

A Ana Ponce, con cariño porque sí, y con gratitud por explicarme cosas.

“Among a hundred paintings you could recognize mine…”

Tamara de Lempicka

Dicen que tenía una gran capacidad de concentración que le causo grandes problemas.  Que cuando se ponía a pintar se olvidaba de todo: acá, con esta mano, se le veía alcanzar otro pincel para cambiar de color, que ya había sido mucho verde para el coche.  Entonces seguiría con un color tirando a gris, algo metálico (muy déco, naturalmente).  No sabía.  Ya iría viendo.  El mundo para ella, en ese momento, no era nada más que esa pintura.  Ya no existía Tadeusz, ni Raoul, ni siquiera existía Kizette.  Es más: ni por indispensable existía el bastidor envuelto en la propia tela que pintaba.    Quizás inconscientemente, como muchos de la época en que vivió y como era consustancial a la corriente que su arte representaba, por salud no podía hacer otra cosa que esforzarse por olvidar.

Autoritratto-Tamara De Lempicka  Tamara de Lempicka. Autorretrato en un Bugatti verde.

 El Art Déco – el nombre no se acuñó sino hasta los sesentas, porque en esa época la corriente se había autobautizado Style moderne – surge como casi todo lo que pasa en los fabulosos años veintes.  La gente necesita olvidarse de los traumas y destrozos dejados por la Gran Guerra.  Es entonces que las altas burguesías se encierran en sus burbujas (El Gran Gatsby es un excelente ejemplo descriptivo de esa forma de vivir en un momento de ensueño provocado para sobrevivir al puñal de la memoria) y viven con desenfado preocupándose sólo por lo verdaderamente importante, que es lo banal.

El Art Déco nace en Francia y se consagra a partir de la Exposición Internacional de París de 1925.  Tamara de Lempicka expuso ahí, llamándose todavía de otra manera.  Pero eso da igual.

En el brinco de década entre los veintes y los treintas (quizá el momento culmen de la carrera de Lempicka, que es cuando se muda de París a Nueva York con su nuevo novio) el Art Déco estaba a todo lo que daba.  Según los entendidos, la corriente fue llamarada de petate en Europa, y poco vivió después de la famosa exposición parisina.  Sin embargo en América se convirtió en una locura, y la corriente fue interpretada y reinterpretada hasta el cansancio.  En ciudades como Nueva York y México, como Buenos Aires y Miami, la arquitectura déco se enriqueció con motivos de inspiración prehispánica.  Los edificios, los coches, las cornisas estilizadas, los barandales geometrizados, el uso de colores vivos y la aplicación de materiales modernos caracterizaron a la corriente.  En arquitectura, diseño y moda, el Art Déco fue prolífico.  En pintura quizá no se haya hecho mucho más de lo que hicieron Tamara y otro individuo que se llamaba J. Dupas.

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Seduction and Aristocracy

Tamara había nacido en Polonia, se había casado con un sujeto del que luego se divorció – con él tuvo a su hija Kizette – se había ido a Francia, se había decidido a ser pintora déco clavadaza (ello se nota en las formas de sus modelos, en los paisajes urbanos detrás de las mujeres que retrata, en los colores vivos, en la paradójica mezcla de sutileza en trazos y firmeza de composiciones), se había ido a Nueva York, y había decidido que cuando se muriera quería que alguien aventara sus cenizas desde un helicóptero al cráter del volcán Popocatépetl.   Pero eso sucedería mucho tiempo después.

A mí el Art Déco me gusta mucho.  Y en principio parecería muy raro que me guste, porque es de alguna forma una negación (aunque reconociendo humildemente su natural filiación) del Art Nouveau.  Y yo soy tan cursi que me identifico más con los motivos florales, las curvas, las inspiraciones naturalistas y las líneas del Art Nouveau.  El Art Déco aprecia la máquina, las formas geométricas, las tecnologías y el aprovechamiento de los nuevos materiales.  Pero me parece que aquí está lo interesante: a pesar de lo anterior, el Art Déco tiene una seria aspiración (lograda en muchos casos) a la elegancia.  Rara combinacha de máquinas y fierros con elegancia, pero el Art Déco logró manifestaciones estéticas gloriosas con estas fórmulas tan ingeniosas.

Me parece fascinante la arquitectura déco, en lo concreto.  Quizá de no haber conocido a Ana no habría nunca reparado en la relevancia de esta corriente artística.  La ubicaba, naturalmente, pero no daba mucho por ella.  Conociendo a Ana, entendiendo lo que me contaba acerca de la vinculación entre el Art Déco y la “época dorada” de los sofisticados años veintes (con sus modas, sus ritmos, sus vestidos, sus figuras estilizadas y su ponerse borrachos a escondidas) y escuchando su fascinación por la corriente, fui yo también poco a poco cayendo en la fascinación por lo déco.  Hoy podría considerarme un obseso… como obseso me considero también de muchas otras cosas menos sanas.

Hace algunos años fui a una exposición de obra de Lempicka en Bellas Artes.  Nada podía haber cuajado mejor.  Bellas Artes por dentro, con su acero cromado por todos lados, sus candiles de figuras geométricas, su monumentalidad, se veía muy bien albergando una nuestra con la obra de la pintora más representativa del Art Déco.  Me pareció no sólo muy buena idea, sino una cosa obligada.   No por nada Bellas Artes es también el edificio predilecto de Ana en México.  Pero en ese entonces yo no conocía a Ana y no entendía que después muchas cosas cuadrarían.

En su muy criticada película Midnight in Paris (a mí me gustó la primera vez; la detesté la segunda), Woody Allen pone en boca de uno de los personajes una reflexión acerca de la nostalgia.  Según él, la nostalgia es negación.  Negación del doloroso presente.  La actitud de los que no logran embonarse con el hoy.  Y el pensar en que el pasado fue una época mejor es simplemente una manera de escapar.

Ayer, en una comida, platicamos del tema.  Adriana opinó que la época había sido algo tan maravilloso que hoy todavía, casi cien años después, seguimos aspirando a vivir como nos cuenta Fitzgerald que la gente vivía en esos tiempos.  Los coches de lujo, los trajes claros, las mujeres con vestidos largos, la vida desafanada y la despreocupación en casas amplias con terrazas infinitas en las que se ofrecían cocteles que no terminaban en tres días…  Yo, en principio, no añoraría vivir en una época en la que tomarse un gin & tonic fuera una tarea tan complicada.  Pero cada quien con sus nostalgias.

La época del jazz, del Charleston, de los personajes de F. Scott Fitzgerald,  la época del déco, corresponde todo a un momento de la cronología de la vida del hombre en que la gente quería voltearle la espalda a un horror que era difícil olvidar.  Nuevamente, como en muchos otros momentos de la historia del ser humano, la estética vendría a salvar al hombre del terror.

Siendo franco, al final, tengo que decir que algo de nostalgia siento por esa época dorada.  Quizá me gusta la pintura de Tamara porque representa a mujeres guapas y distinguidas, a hombres bien elegantes, a un modo de vida para muchos inasequible y porque me da permiso de entrar por un momento en un ambiente de sofisticación y de glamour que ya no existe.  En suma, porque representa algo etéreo e inalcanzable.  Quizás, entre muchas otras cosas, Ana me gustaba porque era muy déco… o quizá el déco me gustó porque me resultó muy Ana.  Al final todo es muy confuso.  En todo caso, que viva la belleza.  Que viva la belleza como tal y, sobre todo, como único medio disponible para soportar el pesado fardo de la existencia.

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Le téléphone II

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