Aguascalientes, como se trato la influenza 1891.


Mascarón, número 94, órgano de difusión del Archivo Histórico del Estado “Alejandro Topete del Valle”, en su XX aniversario,presenta el trabajo del

Dr. Manuel Gómez Portugal

Dr. Manuel Gómez Portugal

Doctor Manuel Gómez Portugal, médico connotado del último tercio del siglo XIX, donde nos plantea como se vivía y trataba una epidemia de influenza a fines de ese siglo.

“PRIMERA PARTE

Desde principios del mes de febrero, hasta el día en que escribió estos puntes, 20 de mayo de 1891, hemos tenido un tiempo excesivamentevariable: cambios bruscos de temperatura tanto de una hora a otra del día, como de la tarde a la noche y de la madrugada al amanecer.

Los vientos dominantes han sido del noroeste, siendo casi siempre corrientes bajas que barren la superficie del suelo levantando nubes de polvo. El cielo, durante los meses de febrero y marzo, permaneció limpio y azul y solo de vez en cuando se cubría al anochecer de una ligera neblina que era quizá polvo en suspensión en las capas inferiores o medias de la atmósfera.

En abril hubo algunos nublados fugaces y a consecuencia de tres heladas que tuvimos a fines de marzo, una tras de otra, el desequilibrio

de la temperatura llegó a su máximum, de tal suerte, que a fines del citado mes de abril se sentía a medio día y al principio de la tarde mucho calor y por la noche un frío molesto en extremo.

El día 5 de mayo comenzó a llover desde en la tarde y siguió así la mayor parte de la noche y el día 6 se descargó una granizada algo fuerte, casi en los suburbios de la ciudad, acompañada de un sin número de descargas eléctricas. Desde ese día la temperatura se ha uniformado y la epidemia va cediendo de un modo palpable. Aguascalientes, como se sabe, esta situado sobre un valle limitado al norte y al oeste por las Sierras de Pabellón y Asientos y abierto o casi abierto al sur y al oriente. Por este lado están los baños termales conocidos con los nombres de “Bañitos” y de “Baños grandes”. Al noroeste hay dos estanques que casi se secan en esta época del año, transformándose en ciénegas; al oeste pasa un río cuyo caudal de agua es muy pequeño en esta temporada; al sur el Arroyo o Cañada seco también en este tiempo.

La ciudad, (que ésta situada a 1880 metros sobre el nivel del mar), es en general limpia y aseada: las casas, casi todas de un solo piso, son amplias y ventiladas y con excepción de los últimos barrios puede decirse que reina cierta higiene empírica en todas las habitaciones. El perímetro de la ciudad es de diez kilómetros, 832 metros y cuenta próximamente con 30000 habitantes.

Las condiciones físicas y topográficas de la ciudad, no han cambiado en nada radical de tal modo que ello hiciese sospechar alguna o algunas de las causas de la epidemia.

APARICIÓN DE LA EPIDEMIA

Hacía los primeros días del mes de febrero, se comenzó a notar que muchas personas eran bruscamente atacadas de un catarro nasal muy intenso, acompañado de curvatura, calofríos y algunas veces de un movimiento febril que duraba unas cuantas horas, para disiparse enseguida dejando al enfermo muy abatido. Poco a poco este catarro se fue extendiendo y a mediados del mes podía asegurarse que no había familia en que uno o más de sus miembros no estuviera enfermo.

Hasta aquí no había nada de particular con lo que estamos acostumbrados a observar año por año a la entrada de la primavera, pues los médicos que ejercen en esta localidad, saben que en este tiempo se experimentan tales afecciones catarrales.

Poco a poco, sin embargo, se notó que dichos catarros invadían no solo las fosas nasales, sino que se extendían a la laringe y hasta llegar a los bronquios, acompañándose de una hipertermia considerable y brusca, pues la temperatura ascendía con rapidez increíble a 40 o 41º centígrados en unas cuantas horas, tal y como si se tratara de una intermitente perniciosa.

Después y pari-pasu, se vio que además de los catarros bronquiales; aparecían otros más graves, invadiendo la celdilla pulmonar y causando

mayores estragos y al par de estos catarros gastro-intestinales, siendo estos en menor número que aquellos y revistiendo menos gravedad.

Hacía fines de marzo, la epidemia invadió por completo la ciudad, y creo conveniente para hacer su descripción con orden, proceder primero a estudiar sus formas o modos de presentarse. Primero.- Como he dicho antes, el coriza intenso con cefalalgia, curvatura, calofríos y ascenso brusco de la temperatura, fue lo primero que se observó y no cabe duda que esta fue también la primer forma bajo la cual nos atacó la fiebre catarral. El modo de principiar era casi invariable el mismo en todos los individuos, cualesquiera que fueran su sexo, edad, posición social y constitución: catarro nasal con secreción más o menos abundante de moco claro; dolores neurálgicos, irradiándose por todo el cuerpo, cansancio y postración notable, calofríos erráticos de mediana intensidad, sensación dolorosa de plenitud en los huesos de la cara, inapetencia, lengua saburral y calentura cuyo grado térmico, repito que ascendía hasta 40 o 41º.

Segundo.- Pero a esta primera forma sucedió otra más grave, pues la inflamación catarral no se limitó solo a las fosas nasales, sino que extendió sus estragos hasta la sangre, los bronquios y las celdillas pulmonares. Generalmente comenzaba como la anterior, y algunas veces claro se veía que solo era su continuación, pero en otras el enfermo empezaba por ponerse ronco, casi áfono, con tos persistente y molesta, sobre todo al principio de la noche y en la madrugada, expectoración abundante como si se tratara de una verdadera broncorrrea.

Tercero.- Forma gastro-intestinal.- Mucho más rara que las anteriores; comenzaba lo mismo: calofríos más o menos violentos, vómitos, biliosos raros, pero muy penosos, evacuaciones intestinales pocas, de cinco a seis en las veinticuatro horas, pero que agotaban mucho al enfermo, anorexia completa, lengua seca y cubierta de un betún blanzquizco, pulso pequeño y depresible, resequedad de la piel, poca sed, insomnio, ojos hundidos, mirada vaga, torpeza intelectual y una temperatura que nunca pasó de 38 a 38.5º centígrados. Cuatro.- Forma Pericárdica.- Observé un solo caso que relataré en pocas palabras: Juan García, soldado del 6º Regimiento, de treinta años de edad, de buena constitución, ingreso al Hospital el día veintidós de abril. Según se me dijo, hacia tres días que había sido atacado de la andancia, es decir, había tenido calofríos, dolor de cuerpo, cefalalgia y calentura. La víspera en la noche y en su cuartel, se había dado un sudor que lo alivió un poco de la cefalalgia; pero sintiéndose muy débil y no pudiendo cumplir sus obligaciones, había pedido su pase al Hospital.

Antigua fachada del Hospital Hidalgo

Antigua fachada del Hospital Hidalgo

Cuando lo vi, estaba efectivamente muy abatido, y al tomarle el pulso me llamó la atención su pequeñez, pues era casi filiforme y muy depresible. Tomé la temperatura en la axila y encontré treinta y siete y medio centígrados.

Ausculté y percutí cuidadosamente el tórax y nada notable había en el pulmón; pero la región precordial estaba aumentada en su macicez y los ruidos del corazón algo profundos; mi pronóstico fue fatal y aunque emprendí un tratamiento enérgico, este hombre murió con todos los signos de un derrame pericárdico a las cuarenta y ocho horas de ingresado al Hospital.

Forma Crupal.- Observé dos casos: fue el primero en un individuo como de cuarenta y dos años de edad, preso en la cárcel de la ciudad, que entró al Hospital, malo de una angina toncilar que no me pareció de ningún modo grave, y aunque tenía ya en la cárcel dos o tres días enfermo, la verdad es que de ninguna manera me sospechaba el fin próximo y funesto de este individuo; así es que me sorprendí grandemente, cuando en la noche se me hizo saber que se estaba ahogando y arrojando como falsas membranas en lo que desgarraba.

Por ocupaciones urgentísimas no pude verlo en ese momento, y a otro día se me dijo que había muerto asfixiado.

El otro caso se refiere a una señora de la mejor posición social, como de cincuenta y dos años de edad, de buena constitución y de temperamento sanguíneo, la cual se sintió repentinamente atacada de la garganta la noche del dos de marzo, con sensación de resequedad muy molesta, poniéndose ronca pocas horas después del principio, de tal manera que cuando yo la vi, estaba casi áfona y con una dispnea alarmante.

Al examinar la faringe, no encontré nada de particular, sino que estaba de un rojo violáceo. Mi pronóstico fue malo, y aunque le impuse un tratamiento enérgico, pasó esta señora el día muy agitada y en la noche las cosas estaban casi lo mismo; insistí en el mismo tratamiento, y cuando la vi en la mañana del día cuatro, la encontré sin dispnea, sin afonía, en una palabra, en vía franca de curación, la cual no se hizo esperar, aunque dejándola débil y abatida.

Voy por último, a describir un caso que observé en un hijo mío, de siete años de edad: el día 15 de abril comenzó con calofríos violentos y poco después con la calentura de 39º centígrados y 130 pulsaciones, la piel reseca y a l g u nos vómitos a l ime nticios y biliosos, anorexia completa,

Sed intensa y dolores s u p r aorbi tarios, que lo hacían l l o r a r.

Por la noche, la madre notó que el niño no podía abrir los ojos y que tenía los párpados superiores hinchados, y a otro día por la mañana, vi que en efecto los párpados estaban edematosos, pero de un modo considerable, sin ningún cambio de color de la piel, ni rubicundez, habiendo entonces cesado las neuralgias supra-orbitarias.

Con fomentaciones de agua de vejeto y cataplasmas duró dos días, hasta que pensando que aquello bien podría ser una forma de la epidemia, que en aquellos días estaba en todo su vigor, le aplique el tratamiento de que hablaré más lejos, el cual sancionado por mi respetado colega el Dr. Ignacio N. Marín, que vio a mi hijo, produjo los resultados más felices, pues el edema desapareció como por encanto al bajar la temperatura y el niño entró en una franca convalecencia.

TRATAMIENTO

Primero.- Cuando veía al enfermo al principio de su enfermedad, en el período prodrómico que pudiéramos llamar, y cualesquiera que fuera su edad, temperamento, etc., mandábale dar un sudor por medio de fricciones con hidroleo, un ponche caliente con aguardiente o cognac y muchas cobijas y aconsejaba que el enfermo se estuviera o se le tuviera quieto, hasta que la diafóresis terminara por sí sola.

En dos únicas circunstancias modificaba el modus faciendi del sudor: cuando tratándose de una mujer, se encontraba en su periodo catamenial o en una época avanzada de gestación, entonces suprimía las fricciones y solo daba una infusión de té muy caliente, para obtener cuando menos una transpiración general.

Por lo común, después del sudor se calmaban o se quitaban enteramente las mialgias y las neuralgias, y el individuo, aunque siguiera malo, descansaba de síntomas tan penosos. El primer efecto del sudor era el que indiqué más arriba y luego un descenso rápido de la temperatura, la que llegaba a la normal o un poco más abajo, con lo cual en muchos, sobre todo en los niños, terminaba todo y se establecía la convalecencia franca.

anuncio2

El tratamiento era casi siempre en ambos casos y consistía para el primer grupo, en Sulfato de quinina 0,80 a 1 gramo. En X Píldoras A tomar una cada dos horas, y Polvos de Dower . . . . . . 90 centígramos

En III papeles A tomar uno en la mañana, otro en la tarde y otro en la noche.

Para el segundo grupo, la misma fórmula del sulfato de quinina y además, Salicilato de Bismuto y Naftol, dosis variables, según las indicaciones.

En los niños dosis proporcionadas empleando el quinino en lavativas o en pomada. Alimentación láctea.- carne sancochada, a medio día, té o café y congnac 100, 200 y hasta 300 gramos en las veinticuatro horas.

Esta, repito que fue la medicación que empleé de una manera perseverante y de lo cual no tengo que arrepentirme.

Ahora pasaré en revista los demás medicamentos empleados en circunstancias especiales y diré los resultados obtenidos.

Calomel.- Cuando en algunos caos los fenómenos pulmonares no se anuncio1enmendaban, pasados los seis o siete primeros días, o que al contrario, se hacían más graves, entonces recurría al calomel dado a dosis refracta, pero sin suspender la administración del quinino.

Revulsivos.- vejigatorios.- En este punto me sucedió lo que dice Graves en su lección clínica sobre la influenza: “En muchos casos muy útiles: pero cuando la enfermedad es muy violenta, no producen sino resultados dudosos; muchas veces aumentan los sufrimientos del enfermo, sin modificar en nada los síntomas pulmonares y la dispnea:

Esta impotencia de los vejigatorios es una de las particularidades más notables de la historia de la gripa. En cuanto a mí, he renunciado a ellos completamente”.

Tónicos.- Empleados desde el principio de la enfermedad, sobre todo, en forma de bebidas alcohólicas y vinos, me dieron excelentes resultados, y creo que la razón es fácil de encontrar si se piensa en la adinamia, que produce casi siempre la influenza.

SEGUNDA PARTE

Después de escrito lo anterior, he tenido en el Hospital que es a mi cargo, dos casos que me parecen muy interesantes e instructivos y que voy a relatar.

Primero.- Mujer de treinta y dos años, de mala constitución, entró a curarse de un reumatismo sifilítico, el día seis de abril. El diez y ocho fue atacada de la gripa en forma de coriza intenso, con calentura de cuarenta grados; inmediatamente se le dio un sudor y al siguiente día se comenzó a administrar el sulfato de quinina, como se ha dicho antes.

Hubo una ligera remisión de la enfermedad: desaparecieron los dolores del cuerpo, la temperatura bajó a treinta y ocho, comenzó a volver el apetito, cuando el día veinticuatro y sin causa apreciable ninguna, volvió a subir el termómetro, el pulso se hizo más violento, la lengua se secó un poco y hubo algo de sub-delirio por la noche.

Creí por lo pronto que era una recaída e insistí en el quinino; pero viendo que la temperatura seguía ascendiendo, que la lengua se secaba más y más, que los dientes se comenzaban a cubrir de fuliginosidades, que volvía la anorexia más pronunciada que antes y que aparecía un ligero surrido en la fosa iliaca derecha, me fije en que aquello pudiera ser tifo, como en efecto se confirmó cuando aparecieron las petequias, y la afección siguió su curso ordinario hasta el catorce día en que comenzó la convalecencia después de algunas peripecias que no relato in extenso, porque fueron epifenómenos, que si complicaron la enfermedad principal, no influyeron en su marcha.

Los días siete, ocho y nueve de la enfermedad, fue atacada de diarrea, que se corrigió fácilmente con salicilato de bismuto y naftol, y el día once de vómitos biliosos abundantes, de suerte que esto pudo muy bien haber influido sobre la curva termométrica.

Segundo caso.- Mujer de veintiséis años, de buena constitución, entró a curarse de un chancro situado en la horquilla, el día tres de abril. A los pocos días sobrevino una metroragía que la debilitó algo, y en ese estado, ya corregía aquella, fue atacada de la gripa, en la misma forma anterior.

Se le dio el sudor, se administró el sulfato de quinina, pero todo fue en vano, pues a los cinco días de una emisión de síntomas y un descenso persistente de la temperatura, esta comenzó a subir, y se presentó el tifo franco, sin lugar a duda ninguna, el cual siguió su marcha común sin ninguna complicación hasta el alivio competo. En cuadro marcado con el número dos, indica la curva termométrica del segundo septenario, pues por desgracia se extravió la correspondiente al primero.

La mortalidad fue mínima.”

Fuente:

Manuel Gómez Portugal, Descripción de la Epidemia

de Influenza que reinó en Aguascalientes a principios

del presente año, Aguascalientes, 1891, impresa por el Ayuntamiento

de esta capital.

Mascarón94

  1. Daniel Macias Ruiz Velasco
    2009/05/22 en 2:47 PM

    Muy interesante….creo que se debiera difundir esto en las escuelas y no las mentiras manipuladas de otras cosas de la historia politica de nuestro pais. Saludos.

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